En los últimos tiempos, el comercio de sangre y hemoderivados se ha convertido en uno de los negocios que más está creciendo. La escasez de producción y gran demanda de cualquier elemento (incluida la sangre) abre una puerta al establecimiento de negocios alrededor de dichos elementos, lo que –en demasiadas ocasiones-, incluye la falta de escrúpulos.

En el año 2016, los EE.UU. fueron el mayor exportador mundial de sangre humana y hemoderivados, por un importe de unos 25.000 millones de dólares al año, casi el 2% de sus exportaciones, equiparándose a la venta de productos farmacéuticos, combustible o vehículos. Ese importe superaba al de sus competidores europeos: Irlanda, Alemania y Suiza, que es el mayor productor y exportador de sangre europeo, aunque solo “mueve” la mitad del dinero que EE.UU.

La sangre es un producto caro y no muy abundante. Según Cruz Roja, la producción de ½ litro de sangre viene a costar unos 150 dólares aproximadamente, aparte del proceso que se requiera internamente en un centro hospitalario. España, dado que la donación de sangre es insuficiente para abastecer sus necesidades, la importa desde los EE.UU., con un costo de más de 770.000.000 de dólares. (Curiosamente, EE.UU. también importa sangre de Europa.)

En www.invesgrama.com se comenta lo siguiente basándose en un reportaje suizo titulado “El negocio de la sangre” (“Le business du sang”):

Solo el 20% de plasma que recoge Cruz Roja tiene como destino los hospitales. El otro 80% se vende a empresas privadas para que preparen medicamentos, conocidos como hemoderivados.

Anualmente, Cruz Roja, que tiene el monopolio de la recogida de sangre en Suiza, vende unos 80.000 litros de plasma a empresas farmacéuticas, por los que obtiene 9.000.000 de euros, o sea unos 122 euros por litro.

De este componente mayor de la sangre, el plasma, [las farmacéuticas] extraen proteínas que servirán de base para crear productos para pacientes con deficiencia inmunológica que les provoca continuas infecciones. Una paciente, que participó en dicho reportaje, se somete cada 3 semanas a transfusiones de inmunoglobulina, en sesiones de 3-4 horas con un coste de unos 3.600 €, es decir, unos 60.000 € al año.

Las principales empresas que adquieren esa preciada materia prima son la española Grifols, la suiza Octapharma, la australiana CSL Behring y la estadounidense Baxter. Entre las cuatro dominan un mercado de 17.000 millones de dólares.”

En Suiza solo se puede donar 1 vez al mes y, sin embargo, en EE.UU., se puede vender 2 veces a la semana. Así, la filial norteamericana de la empresa suiza Octapharma ha montado una industria de extracción en uno de los barrios más pobres de Cleveland. El “test” de salud lo efectúa una máquina –por lo que es muy fácil mentirle-, tras lo cual se extrae (con retribución económica) en una sala operativa toda la semana durante 12 horas al día. Se les paga unos 50 $ por las primeras 5 veces; después 20 $ por 2 veces a la semana y, al final, 40 $ a la semana por 2 extracciones.

Pese a la publicidad sobre la seguridad cada vez mayor de las trasfusiones de sangre, y aunque sí pasan pruebas para detectar y limpiar numerosos agentes patógenos, entre ellos los del VIH y la hepatitis, el Director del mayor centro de transfusiones de Francia, Jean-Jacques Huart, expresó que es probable que no puedan detectar elementos infecciosos que todavía se desconocen, como ya pasó con el VIH. Es más, según Invesgrama, una de estas empresas indica en su web que “como ocurre con todos los hemoderivados, el riesgo de transmisión de agentes infecciosos, entre los que se encuentran virus y, teóricamente, el agente de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob [enfermedad de las “vacas locas”], no se puede eliminar completamente.”

Por su parte, www.eldiario.es expone que la sangre donada (importada o no) y conservada en los bancos de sangre se reparte bajo solicitud tanto a hospitales públicos como privados, con la salvedad de que los privados deben pagarla y los públicos no. Esto ha provocado suspicacias y denuncias en algunas comunidades cuando hay un exceso de demanda, alegando que se da prioridad a los centros privados –al tener que pagar esa sangre-, en perjuicio de los públicos que no son productivos al no pagarla.

De todo esto se desprende el valor económico que supone el tratamiento y manipulación de la sangre, siendo susceptible, por tanto, de todo tipo de corrupción con el fin de enriquecerse, al mercadear con algo tan especial y valioso.

EL OBSERVADOR