«Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera […,] desamordazarte y regresarte.»
(Miguel Hernández; El rayo que no cesa).


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Melilla, 2008

Al dejar la Plaza de España a sus espaldas, Antoniano Ferro Portillo sintió la irrefrenable necesidad de acercarse hasta el mar. Después de la corta entrevista que acababa de mantener llevaba en la cabeza el zumbido imparable de una colmena de abejas que le alborotaban la memoria. Necesitaba serenar su espíritu escuchando el vaivén calmo y acompasado de las olas.

Así que anduvo con cierto azoramiento hasta el Paseo Marítimo de  Francisco Mir Berlanga y, manteniendo el paso, continuó en paralelo al litoral hasta la esquina de la calle Corea, donde finalmente se detuvo.

Allí volvió la vista hacia el mar y respiró con tanta intensidad, que sus pulmones acusaron la presión. El despacioso mecimiento de las aguas parecía ser secuela de un largo domingo de chapoteos, aguadillas, panzadas planas y secas, brazadas intensas, desesperadas, de inexpertos nadadores que habían aprovechado hasta el agotamiento un fin de semana soleado. Ahora la playa dormía con la quietud de un niño que, harto de rebozarse en la espuma jabonosa y magra de la orilla, reposaba rendido sobre la arena como un muñeco de guata abatido por las olas.

Entretanto, el Sol se escondía más allá del arco montañoso de Gibraltar. De alguna casa o restaurante cercano llegaban las notas tristes de una habanera melodiada por la voz grave y cálida de Carlos Cano: «Las olas de la Caleta, que es plata quieta, rompían contra las rocas…». Antoniano miró de nuevo a poniente y reparó en las dinámicas y coloridas pinceladas que el Sol había tenido el capricho de trazar: Una rúbrica roja sobre la superficie sedosa del agua, que los vientos superficiales del Levante sesgaban hacia el Atlántico.

 

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Sintió entonces una detonación, un disparo, que salpicó de sangre la quieta plata mediterránea. Extrañado, miró de nuevo: ¡El paisaje estaba igual que antes del disparo! No había rastro de sangre sobre la superficie del agua, pero reconoció de inmediato aquel sonido, que ahora se repetía unas dos veces más, aunque… solo en su cabeza. Al oírlo por tercera vez, se sujetó las sienes, manteniendo los ojos cerrados, mientras murmuraba entre dientes: «Carucedo…, otra vez Carucedo». Por un momento, las aguas del mar de Alborán, que bañaban el litoral melillense, parecieron convertirse en un sosegado lago sembrado de juncos, carrizales y altas yerbas en la orilla. De nuevo las detonaciones, y el aleteo nervioso de unos ánades
silbones que huían a esconderse entre los matorrales. De inmediato pasaron por su cabeza las vistas de un viaje todavía reciente al bierzo leonés: Los enormes lienzos picudos e irregulares de Las Médulas, cuyo rojo intenso no recordaba haber visto en ningún otro lugar, «o sí…, tal vez solo en Puerto Rico…», se dijo, apoyando la mano derecha sobre la frente como para retener la imagen.

Días atrás, con el fin de conocer a fondo aquellos parajes que eran en su memoria un entorno casi fantasmagórico, había tomado la comarcal 536 desde O Barco, en Ourense, hasta llegar a Carucedo y, finalmente, a Las Médulas: El torturado paisaje que hacía más de dos mil años los romanos habían horadado hasta la saciedad buscando oro. Para Antoniano, toda aquella comarca era un recuerdo triste, recurrente, desde que su padre le contara los tristes avatares de un viejo maestro, don Severino Lobo Picón, víctima en aquel pueblo, junto al lago, de una violencia infame y de un
entierro sin nombre…

―‘Viejo maestro’, hijo, no porque fuera viejo cuando lo conocí, sino por el verbo prematuramente sabio de su palabra. Don Severino tendría por entonces poco más de treinta y cinco años, calculo yo, pero de niño a mí me parecía, ya ves, viejo. Recuerdo su generosa sonrisa, aunque el abultado bigote de puntas retorcidas conseguía ocultarla.

 

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Las cejas, igualmente pobladas, ponían cerco a unos ojos pequeños, oscuros e inquisitivos. Era de carácter firme, pero de una paciencia plomiza con sus estudiantes que, por lo general, estaban en su temprana adolescencia. Recuerdo como hoy el día en que conseguí sacarle de sus casillas, él, siempre tan contenido y moderado. Verás: Yo tendría unos doce años, y a esa edad era caja de resonancia, como casi todos los niños, de cuanto oía en casa a los adultos, y además, hablaba de manera extemporánea, sin mesura, niño al fin.

La cosa es que una maestra que me vio en el aula de don Severino, me miró fijamente y me dijo: «¡Cómo te me pareces a tu madre, Menchito!». Y no se me ocurrió otra memez por respuesta que la que solía dar mi padre, tu abuelo —que, como ya sabes, era un socarrón irredento—, siempre que se referían a mi proverbial parecido con mi madre: «Sí —dije—, papá siempre dice que me parezco a mamá, pero que de cintura pa’ bajo me parezco más a papá». ¡Bah!, una insolente grosería…

―¿Y qué te hizo don Severino, padre?

―Pues adusto el rostro, como siempre, y con un gesto de disculpa en su mirada hacia la maestra, me retorció la oreja hasta casi hacerme crujir el cartílago, ¿te parece poco?

Antoniano abrió los ojos, miró hacia el horizonte desde aquella costa africana, y sonrió al recuerdo, pero en su cabeza se repitieron de nuevo las detonaciones. Entonces, procurando atenuar la memoria de cuerpos olvidados, víctimas de una ideología fraticida ―cuya crónica era tan solo eso, recuerdos repetidos, testimonios incompletos reducidos a ecos ancestrales, como esas detonaciones que le percutían en la sien―, volvió la vista hacia el Sol ya mortecino y a la Luna, cuyo dibujo pugnaba por apoderarse del firmamento, y meditó en las explicaciones que sobre don Severino le había contado su padre.

Severino Lobo desembarcó en el puerto de San Juan en las postrimerías de

 

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1899, tan solo tres meses después del devastador huracán de San Ciriaco que arrasó cañaverales y cafetos, provocando una hambruna que empobreció el paisaje, dejando la isla sumida en una soberana miseria. El panorama político no era menos tumultuoso, pues hacía poco que se había producido la fallida proclamación de la República de Puerto Rico y casi un año, la firma del Tratado de París por el que España había cedido a
Estados Unidos la soberanía insular.

Con esa efervescencia de tensiones, San Juan, que por entonces tendría poco más de cuarenta y cinco mil habitantes, era una metrópoli viva y de gran agitación social. Nada que ver para el ‘viejo maestro’, que procedía de las poblaciones leonesas y del Bierzo, tierras casi deshabitadas.

Con todo, Severino no tardaría en integrarse al pulso urbano de la capital, cuya simétrica arquitectura colonial y la presencia de otros muchos españoles, le hicieron sentirse como en casa. Sus primeros pasos los anduvo por el viejo San Juan, todavía amurallado, donde por fin encontró acomodo en la calle Luna, entre San Justo y la Tanca, todo un barrio de personajes únicos como la vieja Lupe, mujer harto lenguaraz y amiga de historietas subidillas de tono; Pescaíto; Luciano el Cocoroco; Agripina la
Santera; y el Ñoco, alquimista este último de mezclas imposibles para curas y ensalmos, y librero de obrillas inverosímiles.

De entre los inmigrantes ya afincados, el que en muy poco tiempo cautivaría su atención fue Santiago Iglesias Pantín, un gallego anarquista y carpintero de oficio, que había sido cofundador de la Federación Libre de Trabajadores de Puerto Rico. Fue precisamente la esposa de don Santiago, doña Justa, la que, después de haber trabado Severino una intensa relación de afinidades políticas con la familia, lo instaría a presentarse a las oposiciones para una plaza de maestro escolar.

Con la mirada en el rastro luminoso que reverberaba en el mar, Antoniano escuchó dos detonaciones más cuyo eco rebotó varias veces sobre ‘la plata quieta’, haciéndole imaginar la figura de don Severino en aquella fatídica tarde de 1936. El maestro estaba de espaldas a sus verdugos,

 

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contemplando los carrizales mecerse al embate del viento y escuchando el silbo sordo de los ánades que levantaban el vuelo. Tal vez en ese instante eterno el viejo maestro, que tendría por entonces setenta años, pensara en las personas que habían llenado de contenido su primera etapa de vida en Puerto Rico, en la mirada cálida de doña Justa Bocanegra y el rostro grave de don Santiago, o en sus ocho hijas, a las que habían puesto por nombres América, Fraternidad, Igualdad, Justicia, Libertad, Victoria, Paz, y Luz…

Antes de regresar a España como próspero indiano, Severino había ejercido de maestro por varios años en una escuela rural del barrio de Las Cruces, en Aguada, una localidad que difícilmente tendría por entonces unos diez mil habitantes repartidos por todo el municipio hasta los rincones de más difícil acceso.

―Quienes crecimos al calor de su palabra lo recordamos como un hombre recto, insobornable, que tuvo ―todo hay que decirlo― un amor apasionado por la hija de un arquitecto de la vecina ciudad de Aguadilla. Mira lo que son las cosas, hijo: Desde un principio él pensó que Noelia ―así se llamaba la hija del arquitecto―, no le correspondería. Quién sabe si llegó a esa conclusión por la diferencia de edad que había entre ambos: Ella 19 y él 41. Noelia, sin embargo, templaba en el alma un amor por Severino que estaba por encima de esas trivialidades, pero el profesor, influido por un caso
que había conmocionado a la sociedad aguadillana, terminaría más tarde provocando una discreta distancia…, hasta el total alejamiento.

―¿Hasta el total alejamiento?

―Como te digo. Hubo quienes llegamos a pensar, no sin fundamento, que a Severino o trastocó, y no poco, el caso de Aguadilla que te he  mencionado: La historia de un joven poeta, algo bohemio en su avanzada adolescencia, que, enamorado locamente de una ‘niña’ de buena cuna y familia de mucha más prosapia que la suya, sufriría un inmisericorde desprecio. Como el poeta no tenía alcurnia ni abolengo, pues era hijo de

 

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madre viuda, casada en primeras nupcias con un soldado y de segundas con un Guardia Civil, carecía de hacienda que ofrecer. Abreviando: Aunque el poeta y la ‘niña’ mantuvieron un noviazgo enfebrecido, ella terminó por no corresponderle. Se casó con un joven de su nivel social para acabar sus días, diecisiete años después, encerrada en un manicomio.

―Pero…, ¿por qué?

―Mira, prefiero no especular… Hay experiencias en la vida que quiebran la cordura. Y Severino, que aún estaba en Aguada en 1910 cuando se produjo ese dramático desenlace, ya mantenía un incierto noviazgo con Noelia. Tan impresionado quedó por el infortunio de la señorita de bien y del poeta, que no quiso forzar su relación con Noelia. Le asustaba pensar que ella pudiese verse frente a una encrucijada que la comprometiera, por razones ajenas a sus sentimientos y no por amor, a sentirse atada a él por mera obligación moral. Temía que el hilo de la razón —en una sociedad tan superficial como aquella— pudiese quebrársele a su amada de tal modo que terminara como la infortunada ‘niña’. En aquella época, ya sabes, los amores y desamores solían ‘cursar’ con morbidez romántica: O acababan en tuberculosis con fuertes vómitos de sangre, o en la enajenación total.

―Y Noelia, ¿cómo era, padre?

―¿Que cómo era? La verdad es que la conocí a distancia. Pero sí, era de muy buena familia. Tenía un rostro dulce, ojos ligeramente tristes pero bellos, que hacían soñar cuando miraban, y una voz de matices suaves. ¡¿Que cómo era…?! Pues tenía la tez tostada, una sonrisa luminosa que obligaba a corresponderle de igual manera a quien la viera, y además, diría yo…, un andar poético. Te aseguro que no me extrañó en lo más mínimo la pasión que enfermó al viejo maestro. Fue por entonces que Severino Lobo Picón se alejó de Aguada para unos veinte años después regresar al Bierzo, a sus orígenes.

 

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―¿Veinte años después? ¿Y no se volvieron a ver en todo ese tiempo?

―¡Ay hijo!, la vida es mucho más tortuosa que la imaginación. La vida puede tener momentos dulces, amables, pero la dura realidad la hace angustiosa frente a necesidades difíciles de eludir. En cambio, la imaginación es un sueño, una realidad virtual de la que nada queda, o tal vez muy poco, porque la dura realidad de la vida todo lo empobrece y disminuye. ¡Bah! Dejémoslo, me he puesto muy trascendental.

―Evasivo diría yo…, padre.

―No, no, evasivo no.

―¿Entonces…?

―Pues no lo sé muy bien, hijo. Que, ¿qué he querido decir con este discursito?, pues tómalo como una explicación inconclusa si quieres…, pero es que hay cosas que por respeto a Severino jamás podré ni me atreveré a contar.

Antoniano cerró los ojos, y vio al viejo maestro conducido por sus asesinos hacia un lugar oculto junto al lago, donde completarían impunes un asesinato, como otros, barato y sin sentido… Era tanto como matar una memoria y ocultarla sin nombre, despojada de toda referencia. Quién sabe si en ese momento Severino hasta pensara en que su muerte sería al menos una muerte digna, pues él moriría por una causa, una lucha, pero el que muere enajenado ―como la “niña” de bien, el amor imposible del poeta― no tiene causa por la cual morir, ha olvidado quién es y ser quien es.

―Mira, cuando Severino regresó a su país, supe por la correspondencia que por algún tiempo mantuvo con otros maestros de la escuela, que nada más llegar a España se había identificado con los ideales republicanos. El 14 de abril de 1931 se proclamó en Madrid la Segunda República, y el viejo maestro dio su voto a las izquierdas, pero la provincia de León no era terreno fértil para ideologías innovadoras. Estaba dominada por la Ceda.

―¿La Ceda…?

 

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―Sí hijo, la Confederación Española de Derechas Autónomas que había inspirado el cardenal Herrera Oria. En mala hora decidió Severino volver, y a una provincia deprimida, pero…

Mientras la voz de su padre se confundía con el rumor del viento casi estival de aquel atardecer en Melilla, Antoniano pensó en Noelia, el amor frustrado del maestro. «¡Cuántas vidas deja atrás una persona ―se dijo― antes de abandonar la vida por completo! ¿Le habrá preguntado Severino a Noelia lo que ella pensaba sobre la diferencia de edad que había entre ambos? ¿Habría querido ella compartir su destino con el maestro?». Hay decisiones cuyas consecuencias nos acompañarán siempre: Serán sueño y pesadilla, interrogante y misterio, o pesar, un irremediable pesar para el que nunca habrá ni alivio ni respuesta.

Las detonaciones se repitieron. Antoniano volvió a ver al profesor llevado por dos falangistas a un paseo sin retorno. Madrugaba. «Detente ahí, cerdo, y reza lo que puedas y sepas», le gritó uno de los dos camisas azules, y de un disparo vertical en la nuca, el cuerpo se desplomó con gran ruido de hojarasca.

―Sí, así fue, hijo —le había dicho su padre—, porque sus verdugos no cesaron después de alardear, fanfarroneando, que habían dejado su cuerpo tendido en el camino a merced de los buitres; que no merecía ni las balas gastadas; que «casi llora e implora perdón el licenciadito ese, indiano de las narices».

Pero así, sin siquiera darse cuenta, sus asesinos fueron escribiendo en la memoria colectiva del pueblo los detalles de un crimen salvaje, dejando mensajes subliminales que, sin ellos saberlo, harían posible guardar un registro oral de esa vileza con el que reconstruir el recuerdo de los valientes. Entretanto, la imagen de Severino ganaba en dignidad y estima, porque cuanto más alevosa es la maldad humana, mucho más se proyecta la bondad del inocente.

 

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Antoniano se detuvo. Observó el mar de Alborán inusitadamente en calma, ‘la plata quieta’ en la que la luz lunar dibujaba el camino hacia otras costas. Ahora que se sentía algo más sereno, se entretuvo en recordar la tarde de ese día en Melilla: El sobrecogimiento de un encuentro insólito setenta años después de aquel asesinato. Un encuentro que en buena medida había sido la causa de esos destellos que le devolvían al paisaje leonés de Carucedo.

Esa tarde la había dedicado a buscar en el entorno del casco antiguo un domicilio en la calle del Gran Capitán, cerca de una sinagoga judía por más referencias. Se trataba de una casa de dos alturas, con dos ventanales por nivel y una fachada parecida a la de las casas coloniales del viejo San Juan. Del encuentro que mantuvo allí, en un piso de la planta baja que tenía unos techos altos y airosos, recordó letra a letra las palabras dichas y no dichas, el torbellino de una conversación que hubiese deseado reproducirle a su padre sílaba a sílaba, gesto a gesto…, si viviera.

―¿Doña Carmen Irizarry? ―preguntó al abrirse la puerta―. Soy Antoniano Ferro, de Puerto Rico.

―¡Claro… ―respondió con un entusiasmo evidente la mujer que había acudido a abrirle―, usted es el Sr. Ferro Portillo! ¡Cuánto me alegro de conocerlo! Pero pase, pase, por favor, no se quede usted ahí. Hace días que lo esperaba.

Una vez dentro, Antoniano observó que la casa tenía los espacios ampulosos de las residencias coloniales del viejo San Juan, y hasta baldosas con los mismos diseños geométricos que había conocido en la isla desde su más tierna infancia. En una sala airosa, decorada con muebles de rattan, la señora Irizarry le indicó que por favor se sentara.

―Créame, Sra. Irizarry ―dijo Antoniano al sentarse, intentando entrar de lleno en el objetivo de aquel encuentro―, estoy intrigado por su carta en la que me decía que es usted puertorriqueña y que tiene información que puede interesarme.

 

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―Sí ―dijo con un evidente gracejo pseudo andaluz―, estoy convencida de que lo que le voy a explicar será de su interés…, pero hablémonos de tú, Antoniano.

Mientras los prolegómenos de la conversación se agotaban, Antoniano quiso ver en doña Carmen los rasgos propios de la fisonomía  puertorriqueña: Tez tostada, sonrisa luminosa, rostro dulce, y «una voz de suaves matices» ―por citar a su padre―, que parecía convertir en poesía la frase más trivial. Entretanto, ella le explicó que había visto su nombre en un recorte de prensa sobre unas jornadas de la Memoria Histórica y
los desenterramientos de fosas comunes en la provincia de León, en el que se decía que un grupo de arqueólogos, y hasta gente venida de Japón, se habían sumado a los trabajos, alentados por los familiares de las víctimas de la Guerra Civil, a fin de reconstruir una memoria que se daba por perdida.

Así supo que él estaba entre los extranjeros que se habían desplazado, atraído por la historia de un viejo maestro de escuela emigrado a Puerto Rico hacia finales del siglo 19, y regresado a la provincia de León años después como indiano adinerado.

―Así que se refiere usted a Severino Lobo Picón.

―Sí…, Severino, Severino Lobo ―dijo doña Carmen, levantando un poco la mirada hacia un espacio vacío, como si intentara atar recuerdos a cabos sueltos despendolados en su memoria.

―Pe…, pero, ¿qué sabe usted de él? Usted no tiene… ―se apresuró a comentar Antoniano.

―¿Tanta edad? ―dijo ella con cierto aire de coquetería para de inmediato explicar que tenía ‘algo’ más de sesenta años, mientras escrutaba los ojos de Antoniano a la espera de un gesto de admiración, un elogio. «Merecido por cierto ―pensó Antoniano, al interpretar con acierto la mirada de Carmen―, pues la señora no aparenta esos ‘algo’ más de sesenta. Su inusual prestancia, su expresividad, el brillo traslúcido de sus ojos…, me hubiesen hecho pensar que anda por los cincuenta y pocos muy bien

 

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llevados.»

―¿Entonces usted…? ―procuró decir Antoniano con la intención de esbozar un halago.

―A que tienes al menos dos preguntas que hacerme, ¡a que sí! ―cortó ella, presintiendo el piropo de Antoniano al que, sin él haberlo pronunciado siquiera, le correspondió con una irresistible sonrisa.

―¿Adivina usted lo de las dos preguntas, o lo tenía calculado de antemano?

―Pero hablémonos de tú, Antoniano, insisto… Es cierto que no me conoces, sin embargo, hay algo que nos vincula.

―Pues bien ―dijo Antoniano, sin poder deshacerse de la intriga en la que estaba y el grato desasosiego que Carmen le provocaba―, tienes razón. Estas son mis dos preguntas: Primero, ¿cómo has dado conmigo? Y segundo, ¿quién eres?

―Te contestaré a las dos preguntas, pero no esperes que lo haga de manera ordenada, soy un poco anárquica en mis explicaciones ―dijo, de tal modo, que Antoniano, al observarla con más detenimiento, tuvo la impresión de que en ese preciso instante sus ojos parecían ligeramente tristes…, pero ¡tan bellos!

―Mira, soy aficionada a la poesía. Me encanta. Hace unas semanas me compré una primera edición ya muy amarillenta de El Rayo que no cesa, un poemario de Miguel Hernández. Por esos días también había leído en la prensa la noticia de los desenterramientos, y no pude evitar que me viniese a la memoria, por mera asociación de ideas, la elegía que el poeta dedicó a su mejor amigo, Ramón Sijé, con motivo de su muerte…

―«Quiero escarbar la tierra con los dientes…» ―apuntó Antoniano.

―¡La conoces…! ―dijo con satisfacción, para continuar con la siguiente estrofa, seleccionando algunas de las frases que más le gustaban― «Quiero apartar la tierra parte a parte […]. Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera […], desamordazarte…, regresarte».

 

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―Pero…

―Espera, déjame continuar con la historia… Al recordar esas estrofas, pensé en la nobleza de tan tenaz empeño: Recuperar la memoria material y abstracta de tanta gente a la que no se le dio un entierro digno, y de la que hasta de su memoria hubo que enterrar retazos, o hablar de ella en silencio, cuchicheando por los rincones para evitar represalias por nombrar en público a los innombrables.

―Carmen…, me impresiona, perdona…, me impresionas.

―Es que creo que no se debe privar a nadie de ‘besar los nobles recuerdos de sus seres queridos, desamordazarlos, regresarlos’.

―Y…, ¿qué te llevó a mí…? Espera, creo que lo sé… Deduzco que al ver el nombre de un puertorriqueño en el periódico junto al de Severino Lobo ―razonaba en voz alta Antoniano, pero se detuvo―. No…, no, creo que eso hubiese sido suficiente…

―Si lo que te preocupa es cómo te he localizado, cuenta con que tengo amigos influyentes aquí y en la península que, como tú, también están interesados en los desenterramientos. Solo era asunto de darles tu nombre y…

―Pero ―dijo, interrumpiéndola―, ¿qué sabes de mí?

―Ahora un poco más que antes. Mira Antoniano, sé más de tu padre, que ya ha muerto, y, en consecuencia, también sé de ti. Sin embargo, todo lo que sé lo he escuchado de mi madre.

―¿De tu madre?

―Sí…, Noelia Beauchamp…

―¡¿Pero cómo?¡ ¡Tú…!

―Mi nombre completo es Carmen Noelia Irizarry Beauchamp.

―¡¿Noelia…?! ¿Que tú eres hija de Noelia…? Entonces…

―No, para, para. Creo que vas a llegar a una conclusión incierta. Soy hija de Noelia, pero no de Severino…

 

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En efecto, Carmen era hija de Noelia Beauchamp, ¡muerta hacía más de veinte años! Mirándola, Antoniano, que no salía de su asombro, no pudo por menos que recordar la descripción que su padre le había hecho de Noelia, la madre. Y en ese momento comprendió en toda su dimensión el apasionado amor de Severino por Noelia Beauchamp.

Carmen Noelia aprovechó para contarle algo de su propia historia. Le explicó cómo los avatares de la vida y un amor que se le empequeñeció en el alma ―por la falta de compromiso de aquel hombre, vano e inseguro, que transmutaba en autoritarismo su propia inseguridad y que, como muchos hombres, pretendía intimidar a su pareja para reducirla a un muy primario objeto de deseo―, la habían llevado de Puerto Rico a la Península, y de allí a Melilla. En aquel reducido espacio geográfico, cercado por el majestuoso Rif, de un trasfondo cultural tan vivaz y lleno de
contrastes, había encontrado un verdadero continente para su espíritu inquieto. Allí se había convertido en autora de ensayos en defensa de los derechos humanos y, cómo no, de algunas causas perdidas.

―Mira, sé que mi madre vivió siempre enamorada de Severino y añoró por años su regreso. Cuando él se marchó a España, ella creyó morir. Tenía por entonces unos cuarenta años, y había permanecido soltera. Poco después se casó con Enrique Irizarry, mi padre. Casi al año nací yo, y seis meses más tarde mi padre murió en extrañas circunstancias… No guardo imagen mental ni fotográfica de él. Encontraron su cuerpo batiendo junto al  espigón que hay frente a la Puerta de San Juan, con un golpe en la cabeza, pero nada más, ningún otro indicio que sirviera para desentrañar  las causas. Se cree que tropezó, se golpeó, y cayó al agua. Esa es en breve mi
historia…

―Lo siento, Carmen Noelia…

―No lo sientas Antoniano, es mi memoria, pero he querido contártela por…

 

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―Por su relación con Severino Lobo…

―No me interrumpas, por favor ―dijo Noelia con firmeza, pero con un dulce tono recriminatorio que Antoniano aceptó mansamente―. Más bien por su memoria, la de Severino. Yo soy parte de esa memoria, creo que le debo esta explicación que, algún día, cuando estés frente a su ‘noble calavera’, deberás contarla a quienes le sobreviven. Para eso has venido. Tú eres el cronista de esa memoria histórica, la historia de una memoria que, como otras muchas, encierra instantes felices de vida, y períodos
amargos. Creo que yo le debía a mi madre esta unión, esta convergencia en el tiempo: Unir su memoria a la de Severino, el amor de su vida… ¿Lo harás?

Una lágrima asomó a los ojos de Noelia, una opacidad triste y, con todo, una bella negrura azabache, pero ella levantó la mirada y la sostuvo. «Una hermosa mirada sin aristas, satisfecha, sí, satisfecha de haber ‘regresado’ la memoria de su madre para instalarla en el presente de otra vida», pensó Antoniano, mientras veía avanzar la noche frente al Mediterráneo alboreño y sentía que la voz de Carmen Noelia se iba perdiendo en el espacio.

Refrescaba, un frescor gratificante que su septuagenario corazón agradecía. La voz dulce de Carmen Noelia lo había sumergido en la historia de Severino, cuyos ‘amargos’ recuerdos yacían en parte en la fosa infame en la que lo abandonaron sus verdugos allá en Carucedo…

Al reanudar su paseo, Antoniano se detuvo en seco. Un pensamiento súbito, un mal pensamiento, le atenazó el corazón. Su padre había dicho: «La vida puede tener momentos dulces, amables, pero la dura realidad la hace angustiosa frente a necesidades difíciles de eludir…», para seguidamente añadir: «Hay cosas que por respeto a Severino jamás podré ni me atreveré a contar…».

«Entonces ―se dijo―, ¿no será que… ¡Noelia en realidad es hija de Severino…!? ¡Su edad coincide con su marcha de la isla! ¿Y si tuvieron un

 

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último encuentro, un sublime, encendido e íntimo encuentro? Un último adiós en Puerto Rico, una necesaria, triste y dolorosa despedida de un amor… abocado al martirio… ―Antoniano cortó de cuajo la palabra, el nombre, el pensamiento, y se reafirmó…― No. Aunque… descabellado no es.»

«No ―se repitió rotundo.»

Se negó con total contundencia a seguir el hilo de esa reflexión, que le pareció de inmediato turbadora, pues supuso que de Carmen Noelia saberlo, ese solo pensamiento podría llevarla a un extremo inconciliable. «No puede ser… Si fuese cierto… ―se dijo, retomando la escabrosa idea que ahora contaminaba su pensamiento―, es que no podría ni decírselo, además…, quita, quita, es solo una sospecha.» Y aun sospechando que solo era una sospecha, los ojos agrisados y desvaídos de su padre parecían
decirle desde la lejanía que aquel pensamiento era mucho más: ¡Una certeza! Sin embargo, pensarla ya era de por sí inquietante, sembraba interrogantes a los que no pretendía ni asomarse, como: ¿Cuándo se reencontraron…? ¿Por qué la madre de Carmen Noelia no le confesó en el momento adecuado que Severino había sido su padre? Y si ella no lo hizo, y ahora Carmen Noelia lo descubriera, ¿entendería que todos tenemos derecho a un secreto recóndito del que jamás se habla por miedo, por
vergüenza, por amor…, o por evitar reproches, los propios y los ajenos? ¿Se lo perdonaría Carmen Noelia a su madre? Además, ¿quién sabe si las sospechas más hirientes y perturbadoras podrían estar relacionadas con la muerte inexplicada e inexplicable de su padre ‘adoptivo’, Enrique Irrizarry, sospechas que enmadejarían las relaciones madre-hija en un laberinto de pasiones que ella, con su madre ya muerta, viviría y sufriría en solitario hasta amargar por completo su ocaso?

«No, no debo seguir esa sombra», dijo Antoniano para sí. «El secreto de Noelia Beauchamp era un noble secreto, ¿o el secreto era de Severino Lobo? Sí…, un secreto lacrado con su sangre, espesa de años angustiosos de duda, vacilaciones y espera, hasta que un día, el de la despedida, estalló

 

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con la vibrante luminiscencia del plancton de aquellas cálidas aguas caribeñas… Ya está, Antoniano, ¡déjalo!», se dijo en tono determinante, deteniendo el paso.

Ahora que Carmen Noelia había ‘desamordazado y regresado’ a Severino, tenía que dejarla cumplir la ‘profecía’ del poeta en su elegía: «Volverás al arrullo de las rejas / de los enamorados […], / disputando tu novia y las abejas…».

Antoniano reanudó su marcha, sintiendo en sus oídos el mismo zumbido de abejas melíferas con el que había salido de la casa de Carmen Noelia tan solo unas horas antes. Según se alejaba del añejo mar Mediterráneo y miraba hacia la imponente ciudadela de Melilla la Vieja, también osario de recuerdos en sus largas centurias de vida, pensó: «Nunca será posible desenterrar y ‘desamordazar’ la memoria real, toda la verdad de una vida. Siempre habrá lealtades, discreciones convenientes o no, y convencionalismos humanos que, como una sofocante mortaja, oculten realidades que jamás se sabrán; permanecerán enterradas junto a las afanosas lombrices que horadan y airean la tierra».

Miró una vez más hacia el mar de Alborán y a la huella de Luna sobre sus aguas, y se dijo: «Prefiero quedarme con la versión ‘dulce’ de Noelia». Y se dejó arropar por la calidez de sus palabras cuando le confesó: «Creo que le debía a mi madre esta unión, esta convergencia en el tiempo: Unir su memoria a la de Severino, el amor de su vida…¿Lo harás?»

«Descuida Noelia ―se dijo―. Lo haré.»

Retomó su camino de vuelta al hotel y, al andar, creyó oír de nuevo un disparo lejano, una detonación, y con ella el mismo melancólico son habanero del principio: «Las olas de la Caleta, que es plata quieta, rompían contra las rocas…».

Entonces, como sobrepuesta a aquella melodía, imaginó la improbable

 

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palabra de Severino Lobo, que decía: ‘Mi avariciosa voz de enamorado te requiere / ven / compañera del alma, compañera…’

 

F I N